Cuando un chef mediático con veinticinco restaurantes se va a pique en seis meses, no es mala suerte — es que los números no cuadran y alguien se olvidó de que esto va de márgenes, no de cámaras. Jamie Oliver tenía nombre para vender, pero vender mesas es distinto a llenar mesas con beneficio, y cualquiera que haya sudado un cierre de mes lo sabe. Los famosos se estrellan igual que vosotros — solo que con más ruido.